jueves, 19 de febrero de 2015

Amor fraternal- Parte III (Final)

Claudia se paseaba nerviosa por su habitación. No sabía qué hacer. A cada minuto que pasaba, su desasosiego iba creciendo. Todo se estaba desmoronando.
Tenía que encontrar la forma de encontrar a Charles. Pero el Capitán, por lo visto, no se lo iba a poner nada fácil. Pero no iba a amedrentarla tan fácilmente. Ella nunca se daba por vencida.
Con enorme determinación, decidió bajar al comedor para el almuerzo, como de costumbre. Seguiría como siempre, como si no supiera que Jefferson era un traidor, y luego, por la tarde, aprovechando que aquel día el Capitán tenía que ir a la capital por no sabía qué asunto, se colaría en su despacho e intentaría encontrar el porqué de todo aquello.
Al llegar al gran comedor, el Capitán la recibió con una sonrisa cortés. Ella se la devolvió, pero en su interior despreciaba a aquel hombre que prometió ayudarla pero la perjudicaba a sus espaldas. Comieron en silencio, apenas con algún comentario inocente y forzado sobre el tiempo o la calidad de la comida, y acto seguido, el caballero, alegando que tenía prisa por llegar a la ciudad, se marchó apresuradamente a los establos. 
Tan pronto como le perdió de vista, Claudia e dirigió a la gran puerta del estudio. Atisbó por una rendija y, asegurándose de que no había nadie dentro y de que nadie la viese, se introdujo en la habitación. Oyendo los latidos de su corazón en sus oídos y procurando dominar sus nervios, empezó a buscar entre los papeles del capitán. Registró los cajones, los armarios, todo lo que encontró, pero en ningún lugar había nada que le indicara sus intenciones o el paradero de su hermano.
-Claudia.
La sorpresa la dejó paralizada. Se giró, atónita.
-Charlie...
Claudia sonrió y abrió los brazos con intención de abrazar a su hermano. Sin embargo, él no se inmutó y se quedó mirándola gravemente.
-Claudia... ¿por qué lo hiciste?
El rostro de ella se endureció, y en sus ojos apareció hielo. Aguantó la mirada de su hermano, pero no dijo nada. Él se acercó un poco a ella.
-¿Por qué la mataste? ¿Fue por Andrew?
Una sonrisa sarcástica apareció en el rostro de su hermana.
-¿Cómo lo has descubierto?
-Hablé con él en España antes de que mandaras matarlo. De hecho, me dejó una nota insinuando que hubo algo raro en la muerte de mamá antes de marcharse de Inglaterra... O antes de huir de ti, como prefieras llamarlo.
Claudia levantó una ceja, desafiante.
-¿Y qué? ¿Ya lo has descubierto todo?
Charles dio un paso al frente, mientras hablaba gravemente.
-Creo que sí... Recibí la nota de Andrew y me alisté en la Armada para seguirle la pista. Le encontré en España, pero antes de que pudiera contarme demasiado, alguien le asesinó... Aproveché mis viajes por mar para perseguirlo, y al fin conseguí dar con él. Cómo y cuándo, no importa. El caso es que lo confesó todo. Cómo la mataste, cómo le pagaste para que matara después a tu amante... No quise creerle. Pero todo encajaba... Claudia... por favor... dime que no es verdad. Dime que no mataste a nuestra madre.
-Tuve que hacerlo...-replicó ella, con chispas en los ojos- Yo estaba enamorada de Andrew, quería huir con él, pero ella no lo consentía.
-Y tras saber lo que hiciste, él te abandonó...
La ira brilló en los ojos de la muchacha.
-¡Sí! ¡Me abandonó! ¡Se acobardó y me dejó plantada! Pero yo tenía recursos... yo conocía a gente que estaba dispuesta a hacer lo que fuera por mí... Gente que estaba dispuesta a matar, incluso...
Su hermano la miró con dureza y compasión a la vez.
-Hermanita... Estás enferma. No puedo creer que seas capaz de tamaña maldad. Ven, encontraremos la manera de solucionarlo.
Sin embargo, el rostro de Claudia había mudado su dulzura en hielo. Su puño se cerró sobre un afilado abrecartas que había en el escritorio del Capitán y se abalanzó sobre Charles, asegurando que no iba a permitir que todo aquello se supiera. Charles la miró con tristeza, pero no opuso resistencia.
Sin embargo, alguien lo hizo por él. El Capitán Jefferson, que estaba enterado de todo, a diferencia de John, que sólo conocía el regreso del hermano, había vuelto inesperadamente hacía poco, y al oír lo que estaba pasando en el estudio, se agazapó tras la puerta. Y al ver que la vida de su amigo corría peligro, no dudó un solo instante en interponerse entre él y el arma de su hermana. Forcejeó; pese a ser más fuerte que la chica, la violencia y la furia de Claudia eran difíciles de dominar. Cayó sobre ella, y ella cayó a su vez sobre la chimenea. El golpe que se dio contra la repisa abrió un boquete en su cabeza que tiñó de rojo la alfombra.
Todo había pasado en apenas unos segundos. El Capitán Jefferson se levantó del suelo con la respiración entrecortada, mientras Charles observaba pálido y con los ojos desorbitados el cuerpo inerte de su hermana. Balbució algunas palabras, las piernas le temblaban. El Capitán se percató de ello y se apresuró en sacarlo de la habitación. Nada más salir por la puerta, ambos se dejaron caer en el suelo, extenuados cada cual a su manera.
-Ha muerto...- tartamudeó Charlie.
-Se ha acabado... Todo ha terminado.
-Creía que a mí no intentaría hacerme daño- dijo, haciendo un esfuerzo para contener las lágrimas.
-Charles... tu hermana era una psicópata... No podías hacer nada para cambiar eso. Lamento mucho tu pérdida, ojalá no la hubiera matado, pero tienes que comprender que no podía dejar que te hiciera daño también a ti...
Él sonrió tristemente; comprendía lo que su amigo le estaba diciendo. Le dio una palmada en la espalda, se levantó y le hizo prometer que nadie tenía que saberlo. Jefferson aceptó gustoso, y se ofreció a ayudar en los preparativos para las honras fúnebres.
Charles entró por última vez en la habitación donde yacía ella y la contempló, fría y sin vida, rodeada por un charco de sangre.
-Llegó a odiarte, Charles...-comentó el capitán- Pero no fue culpa suya. Alguna enfermedad profunda debió apoderarse de ella...
Charles forzó de nuevo una sonrisa, y con una voz cargada de tristeza, sólo pudo añadir:
-Lo sé... Lo triste es que, a pesar de todo, yo la quería...
Y volviendo lentamente la espalda, cerró tras de sí la puerta, mientras una sola lágrima resbalaba melancólicamente por su mejilla.


FIN