lunes, 10 de marzo de 2014

El sueño

Cierro los ojos, y el cálido abrazo de Morfeo invade mi alma.
Estoy en un sueño. Poco a poco, mi mente se separa de mi cuerpo y entra en este extraño mundo de poesía e ilusión. Voy vagando sin rumbo, esperando encontrar algo o a alguien, y no pasa mucho tiempo hasta que doy con él.
Un hombre alto, moreno, de pelo rizado, de unos treinta y tantos años. No puedo distinguir bien su cara a causa de un halo dorado que envuelve su figura. Sin decir una palabra, extiende su mano hacia mí y yo le doy la mía. La aprieta, sonríe y alza el vuelo. Me lleva a una glorieta de mármol en medio de las nubes, con rosales de flores blancas que trepan por las mismas. La música empieza a sonar, y pasándome la mano por la cintura, empieza a bailar conmigo.
No le conozco, pero su sonrisa embriagadora hace mella en mí. Sus ojos, oscuros y penetrantes, atraviesan mi alma y arrancan mis más íntimos secretos. Y, sin embargo, no me molesta. Yo misma, al observarle a él, le comprendo sin necesidad de palabras. Entre nosotros se establece una comunicación muda regida por sonrisas y miradas. 
El tiempo pasa, pero no me doy cuenta. Sin dejar de bailar, él coge una rosa y me la ofrece. Me sonrojo, pero la acepto sonriendo. La poesía se respira en el ambiente, y el aura resplandeciente que hasta entonces ha estado ocultándole el rostro empieza a disiparse. Entreveo sus facciones, y aunque no llego a verle del todo bien, me doy cuenta de que su cara me es conocida.
-¿Quién eres?-le pregunto.
Antes de que pueda responder, el despertador empieza a oírse en la lejanía. Las nubes que nos rodean empiezan a disolverse, y él pronuncia sus primeras palabras de esa noche:
-Hasta tu próximo sueño.
Me besa galantemente la mano, y todo ese mundo de poesía desaparece. 
Me incorporo en mi cama, deseando ya que llegue la noche para volver a soñar. Entonces bajo la vista y una sonrisa se dibuja en mis labios.
Encima de mi mesilla de noche, una rosa blanca yace sobre el libro de las Rimas de Bécquer.

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