Cuando amaneció aquel diez de febrero de 1827, Claudia llevaba ya dos horas despierta. Sentada en su comodíssima cama en aquel antiguo casal inglés, aguardaba con impaciencia la llamada para bajar a desayunar que tendría que dar inicio al que, seguramente, iba a ser un gran día. Al fin llegó el aviso esperado, y Claudia, fingiendo estar más tranquila de lo que en realidad se sentía, bajó al comedor.
-Buenos días, Claudia.
Ella correspondió al saludo de su padre con un tierno beso en la mejilla y se sentó en la mesa. Desayunaron como cada día, tranquila y cordialmente, sin mucha conversación por parte de ninguno de lo dos. Al acabar, su padre se fue a su despacho y, siguiendo su impecable rutina, abrió el periódico del día para enterarse de lo que sucedía en el mundo.
En cuanto Claudia se quedó a solas, corrió hacia la entrada de la casa buscando a Jim, el mayordomo, para preguntarle, ansiosamente, si había llegado alguna carta para ella. Tenía que llegar hoy; lo presentía. Jim, algo estupefacto por la fuerza, la vivacidad y el ansia con que la muchacha sujetó su brazo con sus pequeñas manos de porcelana, asintió y le entregó una pequeña misiva lacrada, en la que se leía el nombre de Claudia Peters escrito con una caligrafía impoluta. Exultante, la chica dio las gracias al confuso sirviente con un abrazo algo impulsivo y subió a su alcoba, mientras el pobre mayordomo intentaba reponerse de la sorpresa en el amplio vestíbulo de la casa.
Antes de abrir el sobre, Claudia ya conocía su contenido. Charles había vuelto y la avisaba de su dirección actual. En su última carta, le había prometido que cuando volviera a Londres el diez de febrero, lo primero que haría sería avisarla de su dirección, para que, junto a su padre, fueran a visitarlo. Claudia se moría de ganas; hacía ya dos años que no le veía.
Abrió la carta y se sentó en su diván para leerla. Sus ojos se posaron en las primeras palabras con una sonrisa esperanzada, pero dicha sonrisa se tornó en una mueca de preocupación en cuestión de segundos.
"Querida Claudia:
Ya he llegado a la ciudad; desembarqué ayer en Brighton y esta mañana he llegado a Londres. Sin embargo, no puedo decirte mi paradero exacto; no me atrevo. Siento decirte que hoy no podremos vernos, tal como tú querías... Ha ocurrido algo que me obliga a huir de cierta persona, y lo primero que hará para descubrir dónde estoy es acudir a ti. No puedo darte más detalles; no quiero poner tu vida en peligro.
Sin embargo, no desesperes. Te prometo que pronto podremos vernos. En breve te daré instrucciones sobre dónde encontrarme; mientras tanto, no digas a nadie que has tenido noticias mías. Ni siquiera a nuestro padre. No quiero que sufra más de lo que ya ha sufrido.
Quema esta carta. Que no quede constancia de que he contactado contigo. Después haz vida normal, como si no hubiera pasado nada y yo estuviera aún en alta mar. No te preocupes por mí, me las arreglaré. Nos veremos muy pronto, te lo prometo.
Tu hermano que te quiere,
Charles"
La carta resbaló de entre las manos de Claudia, al mismo tiempo que una lágrima resbalaba de su mejilla. No podía ser. Llevaba dos años esperando volver a ver a su hermano y ahora... ¿En qué se habría metido Charles? ¿Qué estaba pasando?
Sobreponiéndose al disgusto, la muchacha recogió la misiva del suelo y la releyó. Memorizó todas y cada una de sus palabras, y echó el papel a la chimenea. Empezó a caminar nerviosamente de un lado a otro de la habitación, preguntándose qué debía hacer. Querría consultar a su padre, pero el bueno de Charlie tenía razón. No convenía preocuparle demasiado. Desde que su esposa, la madre de Claudia y Charles, había muerto misteriosamente hacía dos años, el anciano Mr. Peters no había vuelto a ser el mismo. Su ánimo decayó y, con éste, su salud. No le convenía saber que su hijo, que junto a su hermana Claudia había estado preparando su regreso con mucha ilusión para darle una sorpresa a su buen padre, se había metido en problemas.
El caso es que Claudia deseaba ayudar a Charles. No quería quedarse de brazos cruzados mientras él, tal como insinuaba, corría peligro. Así pues, fue al encuentro de Jim, el mayordomo, para preguntarle quién había traído la carta.
-Fue el joven John, señorita- respondió el buen hombre-. El ayudante del herrero.
Ella le dio cortésmente las gracias, y se dirigió a la herreria para ver a John. Éste era un muchacho no mucho mayor que ella; quizá tendría veintiún años, era alto y bien parecido, pero su educación era bastante deficiente. Aun así, de pequeño había sido el compañero de juegos de Charles y Claudia, y ambos le tenían en gran estima.
Cuando llegó a la herrería, John estaba sentado en el suelo, al lado de la puerta, fumando. Claudia se acercó a él y le preguntó quién le había entregado la nota de su hermano. Sin embargo, John no respondió; se limitó a mirarla y a echar un trago de la botella de vino que tenía al lado. Claudia se impacientó.
-Por favor, John.
-Me la dio Charlie, ¿vale?- respondió él, un tanto hosco.
-¿Dónde está?
De nuevo, John guardó silencio. Bajó la vista para evitar aquella mirada suplicante de aquellos ojos azules, y no dijo nada. Ella se estaba poniendo cada vez más nerviosa, y John se daba cuenta.
-Me ha hecho prometer que no te dijera nada- dijo al fin.
-Sabes que algo está pasando- repuso la muchacha-. Sabes que está en peligro; no puedes permitir que le pase nada. Por favor, dime qué está pasando.
John titubeó. Su amigo Charles estaba en peligro, y si había alguien que le conociera bien y pudiera ayudarle, esta persona era, sin duda, su hermana. Pero le había prometido que guardaría el secreto. Al fin, sin embargo, decidió contarle lo que sabía a Claudia, que no era mucho. Charles no se había alistado a la marina porque quisiera ser soldado. Cuando murió su madre hacía dos años, alguien le había mandado una nota diciendo que conocía el porqué de su muerte, y si él quería saberlo, tenía que alistarse. No se lo había contado a nadie, salvo a John. Sin embargo, en los dos años que estuvo investigando, descubrió algo... Algo que podía poner sus vidas en peligro. Por eso se decidió a volver. Quería contárselo a Claudia, ponerla al corriente antes de que le hicieran daño. Pero aunque intentó ser cauteloso en su búsqueda, alguien le siguió el rastro y llegó casi al mismo tiempo que él a Brighton. Por eso tenía que esconderse.
Claudia no lo comprendía. ¿Tan importante era aquello que su hermano tenía que decirle? ¿Tanto como para que alguien se asustara e intentara matarlo? ¿Que la pusiera a ella en peligro? Todo aquello le estaba empezando a parecer una broma de mal gusto; era absolutamente descabellado. ¿Y que tenía todo aquello que ver con la muerte de su madre? Mrs. Peters murió de un ataque al corazón; al menos, eso decía todo el mundo.
John la miró fijamente a los ojos.
-Claudia-dijo-. Tu madre fue asesinada. Y Charles sabe quién es el asesino.
A la muchacha se le revolvieron las tripas y le flaquearon las piernas. No podía ser. No podía creérselo... O sí. De hecho, eso tendría más sentido. Su madre era una mujer sana y fuerte; lo increíble era que hubiera muerto de un infarto... Pero ¿matarla? ¿Quién querría hacerlo? ¿Por qué? ¿Qué había hecho ella?
Todas esas preguntas avivaron la urgencia de ver a su hermano. Tenía tantas cosas que preguntarle... Tantas cosas que aclarar... Se dirigió de nuevo a John, y esta vez le exigió que le dijera dónde estaba.
-¿Qué piensas hacer cuando te lo diga?-replicó.
-Ir a buscarle sin perder un momento.
-No puedes hacerlo.
-¿Cómo que no puedo? ¿Quién va a impedírmelo? ¿Tú?
-Si vas a su encuentro, lo más probable es que alguien te siga y os mate a los dos. Tú no sabes a lo que estás jugando. En todo esto hay mucho más en juego de lo que crees.
Claudia le miró, intrigada. Por toda respuesta, él encendió otro cigarrillo.
-John-susurró Claudia-. Necesito ver a Charlie. Y si no puedes llevarme hasta su escondite, por favor, llévale hasta mí.
-Es peligroso, Claudia.
-Por favor...
John la miró, dubitativo. No sabía que hacer. Si contaba a Charlie que se lo había contado todo a su hermana, perdería su confianza, él se escondería en otro sitio y ya no habría manera de protegerle... Por otra parte, no podía dejar que Claudia fuera a su encuentro. Era demasiado peligroso.
-Hay otra opción-empezó-... Aunque no me convence demasiado. Podría acompañarte yo a un sitio al cual sé seguro que va a ir, pero es peligroso... Allí os podríais ver y hablar, pero no puedes decir nada a nadie. Tendrás que inventarte una excusa para ausentarte de casa durante unos días, y no decir a nadie adónde vas...
Claudia asintió, no demasiado convencida.
-O eso, o...-en este punto, John se interrumpió.
-¿O...?
-O te vas a Brighton. Allí hay alguien de confianza que podrá protegerte bien. No te podrá poner en contacto con Charlie enseguida, pero es más seguro. A mí me tienen vigilado, así que ir nosotros dos al encuentro de tu hermano no es lo más seguro. Y en Brighton, bueno; estarás mejor atendida. El Capitán Jefferson es un amigo de confianza de Charles; está enterado de todo el asunto y le ha sacado de muchos apuros. Es un buen hombre, y aunque no sé hasta qué punto te dejará actuar o verte con tu hermano, sé que hará lo mejor para ambos.
Claudia no dijo nada. No sabía que hacer. John se dio cuenta de sus dudas, así que, para no presionarla demasiado, le dijo:
-Piénsalo. Puedes quedarte en casa, sin hacer nada, y esperar a que Charles contacte contigo, como te ha dicho; puedes venir conmigo para verle o puedes ir a Brighton. Mañana me dices qué has decidido.
Aquella noche, Claudia no se durmió hasta muy tarde. No estaba segura sobre qué debía hacer... ¿Iba a ir con John adónde la llevara? ¿Iba a ir a Brighton, con el tal Capitán Jefferson? ¿O se iba a quedar a casa, esperando la llegada de Charlie? ¿Qué era lo más sensato?
Mientras todos estos pensamientos llenaban su juvenil cabeza a las tres de la madrugada, sus párpados empezaron a pesarle, y al fin se cerraron sobre sus ojos, envolviéndola en un sueño agitado cuyas pesadillas giraban siempre alrededor de Charles.
-------------------------------------------------------------------------------------------
Ahora es vuestro turno, Anacrónicos. ¿Qué decisión debe tomar Claudia? Podéis opinar votando en la encuesta que voy a dejar en la parte derecha de la página, dejando un comentario aquí debajo o en mi Twitter @Mery_bf_96 con el hashtag #ContinuacionHistoria. Tenéis un plazo de entre una y dos semanas; al cabo de éstas, la opción con más votos será la que utilizaré para continuar mi narración.
Espero que os guste y os invito a todos a suscribiros a este blog.
¡Hasta pronto!